En cada época la música evoluciona y va transformándose según circunstancias culturales, sociales y espirituales. Partiendo desde la perspectiva de la música comercial, que es la que yo he cultivado, quisiera hablarles de esa época dorada en la que el músico era parte del show, pero antes, retrocedamos unos años.

Cuando hago alusión a la evolución en la música dominicana desde el punto de vista comercial, alegre y bailable que compone el espectáculo, debo hablar de la noción que décadas atrás se tenía de las orquestas musicales. Primero, debo referirme a orquestas como Santa Cecilia, la de Luis Alberti y la de Papa Molina, que por sus magistrales interpretaciones y sus bellas orquestaciones dominaron los escenarios durante la época de Trujillo. Se caracterizaban porque tenían una puesta en escena muy elegante, relajada y con una cantidad de músicos que semejaban una especie de “ejército sentado”. Eran réplicas de las Big Band norteamericanas que entonces estaban en boga.

Con el paso de los años se da una ruptura de este modelo y surge un nuevo interés, una búsqueda por el elemento de diversión en el espectáculo. Las orquestas reducen su tamaño, empiezan a incorporar elementos de coreografía y cada pieza es estudiada y diseñada por un coreógrafo. Con este nuevo formato, las agrupaciones se sueltan, se vuelven más potables y empiezan a amenizar fiestas y celebraciones más íntimas. Mientras que en la época de Trujillo las orquestas estaban compuestas por 36 o hasta 40 músicos, ahora se reducen a 12 músicos. Entre estas hay que destacar a la de Johnny Ventura, Cortijo y su combo y El Gran Combo de Puerto Rico. También es necesario nombrar a La Sonora Matancera que nos influyó a todos.

Pues bien, nuestra orquesta, que bebió de la fuente de estos grupos, creó su propio concepto y su propio estilo. En ese sentido, por cada tema que creábamos, teníamos que realizar una obra de teatro en el escenario. Nuestros músicos eran artistas que estaban ávidos de formar parte de esa mística. Como las tendencias de hoy, había en aquella época la moda de los zapatacones, los afros, los peines dentro de los afros, los peinados kerly, los pantalones de poliéster, etcétera. Los músicos eran artistas que defendían la camiseta de su grupo como si fuese su bandera. Comprendían que la música no era solo su sustento, sino que esa expresión artística se había vuelto su vida, su pasión y que no había nada ante lo que exhibieran más deseo y entusiasmo que subirse a tocar a una tarima. Esto llevó a que se formaran rivalidades entre los grupos. Pero qué tal si les dijera, que esas rivalidades eran también internas. Y aún más, que yo viví esas rivalidades entre mis cantantes. Esto se debía a dos condiciones que se conocen como “ego artístico” y “celo profesional”, que llevaban a que el artista se sintiera mucho más artista. Por ejemplo, si la agrupación contaba con dos saxofones, esto llevaba a que cada saxofonista se sirviese de la mejor forma de llamar la atención, pues, el músico ya no estaba en el escenario por un pago, ahora se trataba de su realización como ser humano, como artista y como profesional. Esa competencia era lo que hacía que el grupo sonara bien, esa competencia conllevaba a que la banda luciera espectacular y que pareciese una obra de Broadway. Todos los músicos cantaban, todos los músicos salían adelante para hacer interpretaciones y se les daba protagonismo.

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Fue una época memorable que logró una marca, estilo y concepto, que fueron reconocidos internacionalmente. Sin embargo, por las nuevas tendencias de la industria, comenzó lo que catalogaron como el “merengue melódico” que fue una de las tendencias de la época dorada del merengue, donde esas divertidas puestas en escena quedaron relegadas. Los cantantes o líderes de la orquesta, lo primero que hicieron fue desbaratar el frente, lanzándose como solistas. Ya no se trataba de la banda “tal”, sino de “fulano de tal” y su orquesta. Entonces los músicos que estaban atrás ya no tenían el mismo entusiasmo ni el interés. Pasaron de ser artistas del show a simples trabajadores pagos con un líder que acaparaba toda la atención, y dejaron de sobresalir para limitarse a tocar su partitura y a desentenderse mientras se hacía el show, e incluso mostrando evidente impaciencia porque finalice la actividad de turno, como si estuvieran en una oficina. Si esto último se compara con aquella mística con la que nació nuestra orquesta, donde los músicos eran determinantes en su realización, se concluye que quien ganaba era la orquesta, y si gana la orquesta, gana el ambiente de exposición, y si gana la puesta en escena, gana la música, gana el arte y gana el público.

Wilfrido Vargas éramos todos. Vicente Pacheco, Sandy Reyes y Víctor Waill en los 70’s; Rubby Pérez, Roy Tabaré y Peter Cruz (así como Menudo); luego Eddy Herrera y Jorge Gómez, y así sucesivamente hasta la actualidad con el frente que tengo. Cada cantante, cada músico, es Wilfrido Vargas.

La mística de esta orquesta llegó a ser tan férrea, que Miguelito y Popeye, las dos figuras principales que se exhibían en el año 1980, eran enemigos a muerte. Había que tenerlos separados porque se podían matar. Pues como yo siempre fui un militar y podía prescindir de ellos, delante de mí tenían que tener amores. Pues una vez a estos dos enemigos, les tocó personificar un pleito a machetazos para ilustrar la coreografía de la canción “El Machete” de Farid Ortiz, ¿y saben lo que pasó ahí? mientras la gente estaba enardecida con el espectáculo y suponían que estaban actuando, el drama era un pleito real de insultos y amenazas. -“Te vuelo la cabeza”, decía uno. -“Bueno, tú tienes el machete en la mano, ataca y aquí mismo te mueres”, respondía el otro. Eran insultos reales. Ahí pudo haber una muerte segura en medio de la tarima, pero el público se “tragó” que era un espectáculo y aplaudía a desfallecer lo que en realidad era una contienda personal.

Para que comprendan el nivel en que se involucraron estos artistas, les cuento la siguiente anécdota. En una ocasión estábamos en París. Vi a Eddy Herrera como fatigado y le dije: “Siento como que te estuvieras durmiendo, como si no hubieras descansado en el avión”, a lo que Eddy me responde: “Caballo, es que si me dormía entonces daba cabezazos y al dar cabezazos se me desbarataba el kerly”. Fíjense, él le estaba poniendo más cuidado a su peinado que a descansar durante el viaje. ¡Oye que tipo de artista!, pero todos eran así: el conguero, el güirero…entonces no se sabía quién generaba más aplausos.

Hoy día, ya no existe ese ego, ese frenesí, ese orgullo. Entonces cuando el músico era artista se desenvolvía como en una pasarela y se transformaba, por consiguiente, ya no se sabía bien cuál era el líder, si el cantante, el director, el conguero, el pianista o el güirero, porque todos participaban en el show y pasaban al frente. También se destacaban en su manera de vestir, queriendo siempre ser los más impecables y atinados en la moda.

Toda esa mística y ese encanto se perdieron. Si se piensa bien, era como algo mágico que acontecía, pues esa energía efervescente que generaban los músicos cautivaba al público y lograba que las presentaciones fuesen un verdadero espectáculo. Por otro lado, los cantantes estaban educados para interpretar y construir las armonías de los coros que se me ocurrían en el momento. Sin importar la complejidad que constituían esas travesuras liricas y melódicas, aquello salía con la hermosura y precisión de una composición ya existente, como si se tratara de algo ensayado. Nadie se imaginaba que aquellos coros o los mambos de las trompetas y saxofones fueran improvisaciones. Sin duda, lo que hacíamos era una verdadera puesta en escena. Un show.

Articulo Publicado en Diario Libre escrito por el merenguero Wilfrido Vargas

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